La construcción de un discurso creativo

Marcos Matacana Martín: Biografía (des)autorizada

biografía desautorizada

Fuente: La Ínfula Barataria (blog del Movimiento Post-itista)
Ilustración: Mi corazón. Cedida por Hilario Barrero (incluida en Polvo en el aire)

Quien haya seguido, o haya ojeado o manoseado, un poco nuestras publicaciones se habrá dado cuenta de la ausencia de nombre de autor en nuestras portadas. Casi no creo tener que decirlo, pero alguna vez lo hice. Decirlo, digo. Lo repito: es un detalle para hacer resaltar, aunque sea mínimamente, que este diminuto sello apuesta por el contenido, por la obra, por el texto. Nos dan igual los Zidanes, Mesis y Ronaldos con su publicidad y merchandaising a cuestas, a cuenta. Y se paga caro a corto plazo. ¿Quienes son nuestros autores, y qué hacen o han estado haciendo? ¿Son todos personas? ¿O son personajes? Podéis cotillear un poco en esta web. O podéis ‘googlear’ otro tanto, solicitarlos en las redes, ir a verlos recitar, presentar, birrear, etc.

Durante el proceso de edición, llega un momento en que suelo solicitar a los autores cierta información bio-bibliográfica por si la quieren adjuntar en la contraportada, y en esta web, por aquello de satisfaceros y porque hay unos derechos patrimoniales que reconocer por supuesto 😛 Hay quien es minimalista (Madrid, 1979) al estilo de Anne Carson, hay quien requiere amputaciones por temas de espacio pues de currículo es una primera versión de En el camino; y finalmente hay quien no sabe o no contesta. Ninguno me disgusta en absoluto. A gusto del interesado este detalle. A algunos termino conociéndolos en persona (quedando confirmada su carnalidad), a otros en las redes o mediante correos electrónicos más o menos constantes. A otros, los más personajes, los conozco por entregas, dignas de gacetillas periódicas y/o fanzines, como es el caso. No se bien qué es real y qué no en lo que sigue, ni siquiera importa. Lo que sí importa es que en estos pasajes existen algunas claves del libro que le seguirá.

Biografía (des)autorizada

Por el profesor Tresemés, doctor en Mundología por la Universidad de la Calle (en realidad, por su becario en el Departamento, Frames Killgrayhair, especialista en traer y llevar cafeses, vaciar ceniceros y papeleras, y mirar al Oriente cuando le toca). Actas de la conferencia dictada en el marco de los actos de apertura en canal del curso académico en el Paraninfo de la Universidad Pompa i Parla.

[…] Según el escritor francés de nombre eufónico Bernard Le Bouvier de Fontenelle, “la vanidad es el amor propio al descubierto”. A nadie extrañará pues, tras haber leído su Polvo en el aire, con ¿poemas? tan transparentes como “El gran masturbador”, que Marcos Matacana Martín-Retriever sea un experto en la práctica del amor propio, o lo que es lo mismo, según el francés ese (perdonen que no vuelva a pronunciar un nombre tan largo), que Matacana sea un vanidoso de catálogo (pero vano vano, tirando a vacuo).

Pues bien, creyendo que con sus versos había logrado al fin el reconocimiento y la admiración que su persistente acné y sus peludas palmas de las manos le habían hurtado durante cuatro décadas de vida, atacado por la presbicia y con la médula como una uva pasa, además de hinchado cual pavo que despliega su imponente cola (y no piensen mal, que ya les vale también a ustedes), el poetastro encargó una biografía a su altura: una biografía que glosase los momentos más destacados de su existencia (que serían todos, según creía él). Con cierta lógica, pensó que, si aun siendo más jóvenes, otros espejos de humildad como Justin Bieber, Hannah Montana, Jorge Lorenzo o Cristiano Ronaldo tenían sendas biografías llamando a las masas compradoras desde los escaparates de las librerías, él debía tener también un relato de sus gestas que lo glorificase en el Parnaso de las Letras. El problema se le planteaba a la hora de encontrar al biógrafo adecuado, ya que comprobó que los más reputados solo se interesan por la vida de los muertos ilustres (Cernuda, Borges, Cirlot, Miliki, Torrebruno…), o descubrió con espanto que directamente habían muerto ya (Homero, Suetonio, Virgilio…). En fin, que diremos, por no alargar estos prolegómenos (dejemos la paja y vayamos al grano), que Matacana tuvo que hacer el encargo de su biografía a una persona cercana, en la que no obstante confiaba plenamente: el ínclito profesor Tresemés (yo mismo). La decepción, a la postre, fue tremenda, como podrá comprobarse.

En efecto, el interesado (que siempre lo es) esperaba recibir de manos del docto profesor (de las mías propias) un extenso poema épico “que dejase a Ariosto en bragas” (esa fue su desafortunada expresión), a lo Ercilla o a lo Camões: una sucesión interminable de tercetos encadenados, o de octavas reales, o de versos heroicos de marcial aliento… Sin embargo, el profesor Tresemés (este humilde servidor que les habla) le hizo entrega de lo que él consideró una ramplona biografía en prosa que, para colmo, no ensalzaba su figura de héroe lírico como creía merecer. No obstante, por no desaprovechar la ocasión de estar en el candelero (aunque fuese para arder y consumirse en él), Matacana permitió la publicación por entregas de esta autorizada biografía desautorizada (valga la paradoja), que ahora les paso a leer estirándola como un chicle para justificar el dinerito que me voy a embolsar con este acto académico. Si se animan a quedarse, sin duda alguna saldrán defraudados, pero quizás su atención les aparte por un rato de otros vicios onanistas, que es a lo que lleva el aburrimiento (y lo saben tan bien como el propio Matacana, porque mucho ver la paja en el ojo ajeno pero luego…).

[−Cállese ya, señora, que esto va a empezar. / −¿Pero viene la Cantudo? / −Y yo qué coño sé. / −Es usted un grosero, que lo sepa… / −¡Se calle de una vez, coño, que ya está ahí el profesor Tresemés! Dejen pasar a la gorda, que quiere sentarse en primera fila, como siempre.]

… como les iba diciendo, Marcos Matacana Martín-Retriever fue nacido en esa España de las postrimerías del Franquismo en la que triunfaban el destape (con el gato atropellao de la Cantudo), la canción protesta (Libertad, libertad, sin ira…), y los pantalones de campana (Noelia, Noelia, Noelia…); un mes de los difuntos, a orillas del barbudo Betis… (¿bostezan ya los señores?), en el seno de una familia pequeño-burguesa-católica-tradicional-con-Seat-850-y-yogurtera-eléctrica.

Recibió sus primeras (y penúltimas) letras en un colegio religioso de aquella Roma andaluza, regenteado por monjas oblatas que, llegada la hora del recreo, gritaban con agudas voces corales: “¡Todaaaaaaasssssss al patio!” (fue entonces, obligado a permanecer en clase durante todo el recreo por sentirse excluido, cuando se concienció de la perversidad de la lengua de Cervantes, y empezó su depravada afición por el lenguaje paritario, que hoy profesa con tanta convicción: alumnado, profesorado, ciudadanía, muchachada, piara…).

Como era de esperar, esta educación castradora y alienante convirtió al pequeño Marcos en un incansable luchador por las causas perdidas (Carlismo, Tradicionalismo, Nacional-Catolicismo, Anarcosindicalismo, Misoginia, Misantropía, Capillismo cofrade, Ciclismo en pista cubierta…). También, en estos sus primeros años de vida, empezó a frecuentar los epicentros de la vida cultural hispalense, pese a la oposición paterna: la plaza de la Alfalfa, en día de mercadillo, para comprarles hojas de morera a sus gusanos de seda (nadie sospechaba aún que se los terminaría comiendo…); la plaza del Cabildo para adquirir fósiles, monedas, sellos y juegos para Spectrum+ copiados en cintas de cassette (la Ley Sinde aún ni se atisbaba); el estanque de los patos en el Parque de María Luisa para cebar de pan duro a los ánades reales (pretendía que alguno acabase en la cazuela); pero, sobre todo, era asiduo del Cine Fantasio, en Triana (sí, sí, el de los fenómenos poltergeists). Allí, en el crisol de su pantalla, como un Totó cualquiera (pero sin Alfredo ni Elena), fueron decantándose sus gustos de cinéfilo, con obras señeras como Chispita y sus Gorilas, Conan, el bárbaro, o Los Albóndigas en remojo.

También en estos primeros ochenta se inició en el Ocultismo… -Uy, ustedes perdonen, quise decir en el Escultismo-, y entró a militar en el Movimiento Scout Católico, del que lo echaron a patadas a los dos campamentos y medio, a causa de repetidas violaciones (del férreo código de Sir Robert Baden-Powel, entiéndase). Aunque él siempre lo ha ocultado, su falta de diligencia en el aseo personal y el arrojar a una pequeña lobatita (o girl-scout) al fuego de campamento (hay gente que no soporta una broma) fueron factores determinantes para su dolorosa expulsión, que derivó en el odio hacia las acampadas y su fijación por las tiendas de campaña canadienses con olor a pies.

Los desencuentros del individuo con la autoridad no habían hecho más que empezar, como comprobaremos tras una pequeña pausa de unos minutos.

[−¿Pero todavía sigue este pelmazo hablando del guarro ese? / −A ver, señora, que nadie la obliga. Si no le gusta la conferencia del doctor Tresemés, puede usted irse por donde buenamente ha venido. / −Uy, qué va, miarma; con lo fresquito que se está aquí y la caló tan mala que hace en la calle. Además, creo que ahora va a hablar de Marta Sánchez, que esa sí que es una guarr… / −¡Señora, por favor, cállese ya, que nos van a echar!]

… como han podido comprobar antes de este receso, resulta muy difícil escribir sobre Marcos Matacana sin que su vida resulte plana y anodina, pues nadie como el protopoeta del Post-itismo para ejemplificar la falta de brillantez y el quieroinopuedo literario. No obstante, ya que hemos empezado, vamos a terminar con su vida…

[−¡Eso, que lo maten! / −¡Pero, señora! / −Ay, perdone, que son los nervios, que padezco de las tiroides…]

… con el relato de su vida, quería decir.

La expulsión del MSC no fue la última, por supuesto. Vendrían más: del coro de las comuniones, por pellizcarle el culo a una monja de las de guitarra y sandalias a lo Jesucristo Superstar; de un concierto de Gary Moore en Estoril durante el viaje de fin de estudios de la EGB, por consumo de cigarrillos condimentados con resina aromática; de la clase de Religión en el Bachillerato, por camuflar una revista de Antropología ilustrada entre las páginas del libro de texto… Pero, sin duda, una de las expulsiones que más dolió en su familia fue la de las catequesis de Confirmación, después de que el párroco lo descubriese en la sacristía bebiendo a morro de la botella del vino de consagrar…

Pero dejémonos de anécdotas intranscendentes para centrarnos en lo realmente importante: su formación académica y cultural

[−Pues qué coñazo. / −Ya vale, ¿no, señora?]

… así, iba diciendo, el adolescente Matacana cursó estudios medios a la sombra de un busto del Divino Poeta de Sevilla, del que aprehendió que un soneto no era “tú te agachas y yo te la met…”. Recogen algunos testimonios de la época que fue en esta etapa de su formación (o habría que decir “deformación”) cuando nuestro poetastro comenzó a ensayar la técnica del collage literario, base de la Eco-poesía (eco, eco…), que él reclama para sí, pero que ya había sido ensayada antes con éxito por Lucía Etxebarría o Ana Rosa Quintana. (Como el oyente que haya aguantado hasta aquí habrá deducido, se trata del muy antiguo procedimiento post dadaísta del recortaipega: un verso de Bolaño por aquí, otro de Carnero por allá, alguno de Colinas, o de Benítez Reyes, muchos de Gimferrer, excentricidades de Panero, y alguna cita de Ezra Pound o de T. S. Eliot -a los cuales, por supuesto, el desgraciado no ha leído nunca-). En este sentido, en su Arte Poética (¡Qué Arte Poética tiene mi niño!, aún sin publicar), Matacana muestra su indignación por el hecho, comprobado por él mismo en sesudos (¿o sexudos?) trabajos, de que Borges o Cirlot (sobre todo este último en sus “Variaciones”) le robasen en su pasado prenatal no sólo ideas, sino versos completos (“pa-la-bra-por-pa-la-bra”), con descarada desfachatez.

Pero, sin duda, la extraordinaria capacidad que lo caracteriza para escribir de todo sin saber de nada la aprehendió en la Universidad Hispalense, donde ¿estudió? algo de Letras (hay quien sospecha que no pasó de licenciarse en Periodismo, dada su ignorancia casi supina). Aquí debemos buscar los primeros frutos del movimiento Post-itista, que Marcos lidera desde entonces con férrea mano, junto a la poetastrisa Ballerina Vargas. No obstante, las bases pretéritas de su estilo se fueron fraguando mucho antes, en tertulias literarias de clubes y colegios mayores del Opus Dei, en las que Matacana empezó a emular los orígenes, con Sijé y el canónigo Almarcha, del pastor oriolano. Qué duda cabe de que el tono engolado con el que recita, así como la repetición constante de la muletilla “qué duda cabe”, las aprehendió aquí. Lástima que en la Obra terminasen invitándolo a tomar puerta por un desgraciado equívoco de carácter léxico-semántico que merecería ser contado con mayor profusión en otro momento.

Habiendo perdido el camino, lejos del surco que creía marcado, pero con el alma marcada por la disciplina del cilicio, intentó abrirse al mundo a través de la Literatura. Decidió entonces trocarse en lector impenitente e hincarle el diente a las obras de Proust, Kafka, Joyce, Castaneda…, pero tuvo que abandonar su empeño tras comprobar que sólo comprendía, y no sin dificultades, las obras de Isabel Allende y Peter Berling. Ni siquiera Paulo Coelho o Mario Benedetti le entraban en la sesera, tal era su cerrazón intelectual… Dispuesto a no dejarse amilanar, devoró las obras completas de Cesárea Tinajero, se afilió emocionalmente al Visceralrealismo y al Estridentismo (atacando como un perro romántico a Ernesto Cardenal), y se prometió no escribir nunca nada que no fuese el grito desgarrado de los desheredados de la Tierra, famélica legión. Pero la fiebre del Realismo Visceral bolañiano cedió pronto paso a la imitación de los novísimos, y sus versos se llenaron de toda la caterva neomodernista de esdrújulas, hipsipilas y crisálidas, cintos de Cipria y ruecas de Onfalia, liróforos rubenianos y adolescentes muertos, canales venecianos y piedras de Bérgamo, neones y palmeras, morcones y melones, rasos amarillos y cadillacs rosas, cabinas de teléfonos y go-gó girls. Años más tarde (porque “después de lo malo siempre viene lo peor”, según el propio Matacana repite constantemente, quizás como amenaza de su futura producción), algún bienintencionado lector, movido por la compasión, le señaló ciertas semejanzas de su poesía con la de Bukowski y la de algunos miembros de la Beat Generation. Le faltó tiempo al mozo para citarlos siempre entre sus fuentes, y declararse desde entonces “devorador” (el cine porno en su psique, que lo traiciona) de todo lo que tenga relación con esos autores (aunque el pobre no haya leído de ellos más que un par de poemas, que es lo que se ha podido descargarse gratis en Internet).

Por complicar más la situación, y tras leer a Cansinos Assens (creyendo que así renacería en un nuevo Borges), sin entender ni papa, quiso adentrarse en el mundo de la Cábala, y en sus pesquisas solo consiguió una revista de pasatiempos en el quiosco donde, de paso, compró el Interviú en el que Marta Sánchez enseñaba su pequeño buda (pelón, en contraste evidente con el de la Cantudo de infantil recuerdo).

Fue esta recta final de la década de los ochenta la época más pringosa y pegajosa de su desgraciada vida erótica. Por aquellos años, el adolescente Marcos se hizo uno de los más duros miembros de una organización escolar clandestina especializada en el tráfico de revistas gráficas (de “marranerías”, las calificó su madre el día que fue pillado con las manos en la masa, tal como recoge en su poema “Bacante”). Se trataba de publicaciones antropológicas de carácter teórico pero orientadas a la práctica, de hojas descoloridas y reblandecidas que había que ir separando una a una, como en los buenos libros de poemas, y que eran escondidas en domésticos zulos (entre apuntes de Sintaxis o Filosofía kantiana, boletines cofrades o cómics de Ibáñez, o entre el somier y el colchón…) durante un tiempo máximo que, en ningún caso, superaba la semana, pues si algo caracterizaba a estas hojas informativas volanderas era su carácter itinerante, condenadas como el judío errante a vagar eternamente por dormitorios adolescentes, taquillas de cuartel o cajones de despacho en oficinas de la Administración Pública.

A lo que íbamos: con esta prensa ilustrada, el joven Marcos intentó combatir su desmedido priapismo, machacando sin descanso al enemigo que se iba haciendo fuerte en la oscuridad de la entrepierna, haciéndolo vomitar en cualquier lugar y situación, compulsivamente, convirtiéndose así en un géiser seminal, anémico y granuliento, que provocaba el asco y el rechazo de todas las jóvenes con las que intentaba un acoplamiento al modo estudiado en sus revistas. Ni siquiera con moto (que era un seguro infalible para ligar en aquella época), conseguía ganar el favor de las mujeres, que huían de él despavoridas, como gacelas Thomson en un documental de la 2, ante su fama de rijoso. Todo esto explica que un pico importante en la gráfica de sus autodesahogos venéreos se produzca entonces, sin despreciar para la estadística el impacto logrado por la teta de Sabrina Salerno en las pantallas de los televisores españoles, en esa inolvidable Nochevieja en la que aquel mínimo corpiño no pudo contener el desparrame de tan generosa e itálica musa estrábica. Marcos guarda, como grabadas a fuego en su memoria, aquellas imágenes, unidas a las de Sayaka Yumi y Afrodita A, a saber por qué.

Volviendo al tema (que veo que les interesa), tras visitar al urólogo (“Qué cabrón el pajillero este, venid a ver; si la tiene como un joystick, con las huellas ergonómicas de los dedos en la empuñadura”, exclamó el médico con una mezcla de burla y asombro), y después de la ingesta masiva y prolongada de batidos de bromuro, el imberbe Matacana empezó a ser aceptado por el exigente público femenino que se congregaba en fiestuquis de institutos con barra libre, fiestas flower-power de la Primavera y conciertos de cualquier grupo que llevase una K en su denominación. Como un destello en la noche oscura de su alma, conoció entonces las mieles del loco amor (más a la manera de Iwasaki que a la del Arcipreste), pero este aspecto tan íntimo es algo de lo que este biógrafo preferiría no hablar, ya que el propio juntaversos se encarga de airearlo sin el más mínimo recato o pudor en sus poemas más zafios y soeces (si hay alguno, en su producción, que no lo sea), ambientados en campings, playas sin glamour y clubes de carretera. Y, claro, así le ha ido en lo sentimental al tuercestrofas: sumando fracasos y desengaños, separaciones y divorcios, que lo han llevado al alcoholismo, a la adicción a los fármacos y a la ruina en su adúltera edad adulta. De ello trataremos tras una pausa…

[−Señora, si va a usted a quedarse hasta el final de la charla, debería ir sentándose, que con ese culo en cinemascope no vea luego para pasar. / −Pero qué grosero que es usted… Claro que me voy a quedar. / −No me irá a decir ahora que, después de todo, le está gustando la conferencia… / −¿A mí, gustarme esta colección de marranadas? Ni mihita. / −¿Entonces? / −Entonces, qué. Que me quedo, no sea que regalen algo cuando acabe… / −Está usted hecha una groupie. / −¿Una qué? ]

Después de esta breve pausa, retomamos nuestro relato, que había quedado interrumpido en el momento en que describíamos la azarosa y fracasada vida sentimental de Matacana. Comprenderán que el perfil bajo del biografiado no dé para mucho más, una vez denunciadas ya públicamente sus condenables perversiones onanistas o su problema crónico y mal superado de priapismo (que sería algo muy largo de contar, o no tanto).

Por no extendernos en este vergonzoso episodio, que sólo podría servir para desvelar el carácter inmaduro del poetastro, resumiremos la cuestión venérea y sentimental diciendo que su relación con las mujeres ha estado siempre jalonada de decepciones, iniciadas cuando descubrió que Cuqui (la niña con más mechas rubias y más deseada del instituto) también emitía gases de efecto invernadero (a pesar de su innegable parecido con la Dafne esculpida por Bernini; ay, cuántas veces se imaginó el joven Marcos arrimándose a la ninfa por la retaguardia, como Apolo, pero siendo él al que se le ponía como un tronco…).

Sin embargo, hay que decir en su defensa que hubo un momento en el que pareció que, por fin, había encontrado la estabilidad emocional (llegando, incluso, a contraer matrimonio canónico); pero no fue más que un espejismo. La cabra tira al monte y fue imposible contener más allá de unos meses su adicción al alcohol y su pasión por las suripantas y por los locales que lucen letreros de neón. Las consecuencias, como saben, han quedado recogidas en los insoportables poemas de tono lastimero que trufan su producción, por lo que no meteremos más el dedo en la dolorosa llaga de su separación y divorcio, del vagar por pensiones inmundas, por cuchitriles de alquiler y locales nocturnos de mala reputación.

Volvamos, pues, a lo que realmente interesará a este respetable público: la carrera literaria del juntaversos (carrera del galgo, según van comprobando), para resaltar que, en sus años de Universidad (primeros noventa), el conocimiento de los Clásicos y de nuestra tradición culta y popular, pero sazonados con elementos pops y punks, llevaron a Matacana a la creación de sus primeras producciones destacables (y afortunadamente perdidas). La provocación y el marcado erotismo eran notas características en estos poemarios iniciales, notas que ha vuelto a recuperar en su último “A humo de pajas” (incluido en Polvo en el aire), en el que evoca, con arcádica nostalgia, la adolescencia y juventud perdidas.

El Servicio Militar (del que quisieron expulsarlo por detectarle tendencias suicidas en los tests psicológicos y, para colmo de males, por guiñarle un ojo a la teniente-psicóloga durante la entrevista a la que fue citado para intentar ponerlo de botitas en la calle), la preparación de Oposiciones docentes y su labor como profesor en varios institutos (con una etapa de turronero que lo llevó a sufrir el síndrome de Farala en localidades solo transitadas por el camión del Tapicero) han enriquecido el bagaje cultural, etnográfico y personal del poeta post-itista (no confundir con Carlos Edmundo de Ory, que ya quisiera…).

[−Perdone, ¿ya quisiera quién? / −Pues el poeta. / −¡Ahhhh!, ya. ]

… pero lo fueron apartando de la creación poética…

[−Mejor, ¿no?]

… hasta el punto de que abandonó la pluma

[−¡Lo sabía! / −¿Qué sabía usted, señora? / −Nada, nada…, lo de la pluma… ]

para centrarse en una importante labor teórica y de investigación en el ámbito didáctico-pedagógico, en el que acumula una bibliografía para nada desdeñable. Conocida es su ferviente defensa de la Metodología de la Afectividad en los parámetros psicopedagógicos del desarrollo curricular (destacando sus ensayos: Del aprobado franquista al democrático logro curricular, La indignación como recurso docente, Ludoteca de aula (I): Juguemos al teto con respeto y Currículo abierto), pero esa es ya otra historia (como la de su atávica aversión por el Circo de Teresa Rabal).

Y, por fin, fue de nuevo Amor, esta vez reencarnado en una virgen vestal (o bestial) salmantina, renacida en las aguas del Tormes como nueva Simonetta Vespucci (pero con el doble de arrobas, de años y de conocimientos filológicos), lo que volvió a animar a Matacana para retomar la creación poética. A ella dedicó letrillas tan emotivas como su célebre “Apareados”:

de látex era el colchón
donde nos dimos el revolcón

O el delicadísimo “Como Atreyu sobre Fújur”:

sobre tus lomos pajizos
llévame esta noche
al cobertizo

Fue un tiempo breve, fugaz, si se me permite el pleonasmo, en el que el ya treintañero Marcos vivió una nueva adolescencia, en la que recuperó la fuerza adhesiva en sus manos y ese característico temblor de piernas al caminar que tienen los enamorados que no se ven correspondidos. Porque sí, la musa salmantina, verdadero dragón blanco de sus fantasías eróticas, no quiso convertirlo en ese Atreyu que cabalgase sobre sus lomos pajizos, y lo despreció.

[ Voces de incredulidad y misericorde desaprobación en la sala. Olas de armonía, rumor de besos y batir de alas…: el amor que se va cagando leches.]

En los últimos años, cada vez más deteriorado física y psíquicamente, aquejado de esa enfermedad terminal que es la propia vida… (¡vale!, no soy nada original, pero qué quieren por lo que me pagan), Matacana, en un acto altruista, ha decidido legar a la Humanidad parte de su obra. De aquí los poemas que pronto podrán disfrutar gracias a la paciente labor de su editor.

Seca su inspiración y sumido en una cierta sensación de hastío vital, agravada su situación además por su constante y pendular estado de embriaguez o síndrome de abstinencia, es más que probable que la obra de este mediocre y abyecto personaje no dé mucho más de sí, por lo que cabría preguntarse si no es esta biografía una especie de obituario, y Polvo en el aire su postrer poemario.

 [−Ajolá, miarma.]

Por eso, no nos extendamos más y terminemos ya con esto, repasando su poco destacable bibliografía.

[−¿Y no regalan nada? Pues valiente mierda tragarse este coñazo pa’ ná. / −¿No se lo había dicho yo, señora? Ná de ná. / −Menudo truño. / −Como un puño. / −Ya les vale… / −Pues alguno se lo habrá llevado calentito, si no, no se entiende. / −Qué golferío… / −Ya le digo.]

– Poesía perdida (el original, guardado en un disquete Basf, se borró “accidentalmente”, lo que hizo desaparecer para siempre sus primeros perjiños: “Cantar del buen felar” y “Romance de la mora feladora”, pecadillos de juventud compuestos en colaboración con su amigo Shuly)

– Et in Arcadia iPhone (pendiente del nihil obstat del Arzobispado y de que se lo prologue Octavio Paz, pero me da que se va a quedar esperando).

– Desmemorias y ficciones (conato autobiográfico en prosa, de inspiración walterista, que se va retrasando porque apenas ha pasado de relatar su quijotesco primer discurso en el paritorio, nada más nacer, sobre las mamas y las tetas).

– Taxidermismo (poemas inéditos, para dejarse la piel leyéndolos).

Y también, como premio a su plomiza pesadez, y de forma inmerecida (qué duda cabe), ha visto su nombre impreso en publicaciones tan prestigiosas (pese a incluir sus perjiños) como Estación Poesía, Poemash (de Vinalia Trippers), Fake, Psicopompo, Palavras contra el Balium 10, El ático de los gatos, Cuadrivium…, y revistas digitales o blogs de incuestionable calidad.

Además (“Ya puedo morirme a gusto”, exclamó el poetastro al recibir los ejemplares), “su editor de Brooklyn” (como él lo llama para fardar en presentaciones y fiestuquis donde se planta sin que nadie lo invite) publicó el cuaderno Mirador (una “plaquette” creo que le llama la gente fina), en la Colección neoyorquina “Cuadernos de Humo”. En la misma colección, su poema “Viernes Santo” formó parte de la antología Donde está el fuego. Díganme si no es verdad que todos los tontos tienen suerte…

Por último, y como no podía ser menos, sus poemas han sido traducidos (por él mismo, con la única ayuda del Traductor de Google) a todos los idiomas que en la aplicación del iPhone comienzan por A. Próximamente se plantea seguir con la B y con cuantas letras se crucen en su camino.

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