La construcción de un discurso creativo

Prólogo a “Tiempo al tiempo, homenaje a Fernando Ortiz”

fernando ortiz, tiempo al tiempo

“Dios te libre, lector,
de prólogos largos…”

Quevedo

Quiso el azar que hace más de una década, unos estudiantes se dieran cita por primera vez alrededor de la poesía. El mismo azar, un azar tan tozudo que se va pareciendo ya al destino, quiere ahora que aparezcan juntos en este libro. Si la poesía los unió, el tiempo los reúne —el tiempo esencial de sus vidas, esto es, el de sus respectivas vocaciones poéticas–. El otro, el tiempo ordinario, permíteme llamarlo así, los ha puesto a cada uno en un lugar distinto del mapa literario de la poesía actual. Quede claro que no tienes en las manos, lector, una antología que pretenda ser portadora de una determinada estética, ni mucho menos alumbradora de una generación de poetas, sino una obra colectiva, a partir de la cual se puede apreciar la impronta del tiempo —siempre el tiempo– en una serie de poemas escritos por unos cuantos poetas sevillanos.

El 26 de abril de 2014, tras el recital en el que se rindió homenaje a Fernando Ortiz, celebrado en la Facultad de Filología de Sevilla, Juan Luis Gavala, editor de Palimpsesto, saboreando aún los versos que acababa de escuchar —y la cervecita de rigor–, decidió recogerlos y publicarlos. Y aunque la cohesión y originalidad del grupo justificara la arbitrariedad de incluir a sus miembros dentro de un mismo volumen, la incesante aparición de antologías nos hizo pensar que tal vez no fuera una buena idea traer otra más al mundo. No obstante, porque se cumplen casi quince años, como hemos dicho, desde que aquellos poetas se reunieran por primera vez en alguno de los patios, jardines, aulas o bares de la Hispalense, y porque los que hoy son también profesores, traductores, cantantes, trotamundos, etc., no han dejado de hacerlo desde entonces y, sobre todo, por la calidad de sus respectivas obras literarias, algunas de las cuales han obtenido importantes premios y otras permanecen aún inéditas, creemos que valen este papel y esta tinta. Ahora bien, si antes hemos hablado de “cohesión”, no es porque al leerlos uno tenga la impresión de que formen parte de una áurea cadena; paradójicamente, lo que nos llama la atención es la acusada diferencia, desde un punto de vista estético, que los une. Y los une como la sangre emparienta a los hijos de una misma familia —en un sentido profundo–, cuyo origen suele apreciarse solo al ser tratados muy de cerca, pues su varia apariencia responde a la actitud que tienen éstos frente a su común naturaleza. Existe siempre un punto de partida, en la vida y en el arte.
Así, una comunidad bien avenida de poetas tan distintos se abre como un amplio abanico de posibilidades creativas que, en esta época de dispersión en la que tiene menos sentido que nunca hablar de generaciones poéticas —me temo que existan, en todo caso, las degeneraciones–, es un ejemplo de convivencia artística y vital, de respeto y admiración mutua.

Si lo dicho hasta ahora no fuera suficiente, la importancia esencial del tiempo en la poesía de Fernando Ortiz —«desde su libro inicial, según Emilio Barón, su poesía ofrece un carácter abiertamente arcádico y elegíaco»–, me deja a las puertas de una idea que justificaría el presente trabajo, por lo que tiene de difícil concreción. En palabras de Eloy Sánchez Rosillo: «La meditación sobre el tiempo produce en Fernando Ortiz la emoción que da lugar al poema, en el que algún vestigio de luz consigue salvarse y sustraerse a la oscuridad en la que todo acaba».

Por otra parte, ese «tierno y burlón distanciamiento», del que Francisco Brines habla en su prólogo a Primera despedida, y en el que insiste al prologar Miradas al último espejo, sea tal vez una de las principales características —más o menos tierno y más o menos burlón– no solo de Fernando Ortiz, sino de todos estos poetas que aquí se congregan, en cuanto a su modo de relacionarse con el paso del tiempo, con la elegía y, a fin de cuentas, con la poesía.

No creo ilusorio trazar pues una línea que, tomando a Fernando Ortiz como punto de referencia, nos permita seguir —con mayor o menor rectitud– los pasos que sobre ella dan unos cuantos poetas sevillanos también (David Ruano lo es de corazón, a pesar de haber nacido en la otra punta de España), aunque más jóvenes, y observar cuánto el tiempo significa al hablar de poesía hoy, ayer y siempre.

En su libro Cuestión de tiempo. La poesía de Fernando Ortiz, Antonio Miguel Sánchez escribe: «Diríase que el canto de los efectos erosionadores del tiempo, en los más variados tonos —angustioso estridente, rebelde, desilusionado, escéptico, etc.– ha subido en intensidad desde el principio de la modernidad hasta nuestros días». Y dice Octavio Paz: «Al cambiar nuestra imagen del tiempo, cambió nuestra relación con la tradición». Si dicha afirmación aparece en su libro Los hijos del limo, publicado en 1974, estaremos de acuerdo en que el tiempo a que ésta se refiere es abrumadoramente lento al compararlo con el de ahora —cuando la revolución informática y digital ha pulverizado las escuálidas fronteras entre pasado, presente y futuro de la cambiante modernidad–. Dicho esto, podríamos pensar que nuestra relación con la tradición se ha alterado últimamente de una forma extraordinaria.

El arpa de Bécquer, la palabra en el tiempo de Machado y el acorde de Cernuda. Nuestro tiempo, y al decir “nuestro” quiero decir el tiempo de todos (quizá esa invención que, junto a aquella del espacio, nos ayude a anclar la deriva de la existencia), tratado de diferentes formas y entendido de muy diversas maneras, es la aguja en que se enhebran los siguientes poemas y, puntada tras puntada, cose a antiguos y modernos a estas variopintas páginas.

Variopintas, además, porque en ellas un poeta mayor, Fernando Ortiz, marca la pauta que asumirán —o ante la cual van a rebelarse, según los casos– los reconocidos Carlos Vaquerizo, Joaquín Moreno y Víctor Domínguez Calvo; la polifacética y arrolladora Marta Fernández Portillo; los juglares Marcial Ruiz y David Ruano; y los líricos tocayos José Manuel Begines y José Manuel Velázquez.

Solo queda añadir que, a excepción de los poemas de Fernando Ortiz, tomados —como él mismo deseaba– de la antología de su obra que publicó la editorial Almuzara, Vieja amiga (Poesía, 1975-2008), todos los demás son, hasta la fecha, rigurosamente inéditos —aunque algunos de ellos, recitados o leídos en diferentes momentos y lugares, pertenezcan ya al imaginario colectivo de muchos de nosotros–.

Si el azar llevó este libro hasta ti, lector, tal vez sea porque algo tiene que decirte —o tal vez no–. Tiempo al tiempo.

Gemeaux, 8 de Marzo de 2015

José Manuel Velázquez

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