La construcción de un discurso creativo

Una genial inteligencia intestinal

Vintage Chicago Crime Photos

Previo al lanzamiento, mañana, de su edición digital (apta para bolsillos veraniegos), os dejamos un pequeño entrante de lo que podéis encontrar en esta novela de Diego Luis Sanromán.

[extraído de Kwass o el arte combinatoria]

El agotamiento encarnado, el cansancio hecho uno con el propio pellejo, sudar literalmente sangre porque ya no queda más sudor, y arriba un sol descomunal, erecto e implacable. Hace tiempo que el hombre ha dejado de correr: ya solo arrastra los pies como quien arrastra una condena. Es como si unas manos sarmentosas emergieran de la tierra reseca y le atenazasen los tobillos. Nota que todo el esqueleto le chirría como las cuadernas de un viejo navío al pairo, teme que cualquier movimiento brusco le quiebre los huesos, pero al mismo tiempo sabe que cualquier movimiento brusco es ahora una hazaña inalcanzable. Un prodigio. Recuerda a la joven con la que se encontró unos cuantos kilómetros más atrás. Iba descalza, llevaba un vestido ligero y, en el peto del vestido, un curioso broche de fantasía. Los cabellos revueltos y pringosos le cubrían el rostro y con el brazo erguido señalaba el camino que él se había negado a seguir. Entonces aún tenía fuerzas y esperanzas. Se dice que si pudiera ocultarse para descansar durante unas horas, aún habría una oportunidad para la huida. Pero dondequiera que posa la vista no hay más que una inabarcable extensión de polvo gris, un terreno baldío sin límites sobre el que se derrama un sol que es como miel hirviendo. Lo sorprendente es que no hay rastro alguno de sus perseguidores y, sin embargo, el hombre es consciente de su cercanía inapelable, de la inevitabilidad de la sentencia. “Es como este maldito sol que me aplasta”, piensa. Y se imagina ya ante ellos, y se dice que no pedirá clemencia, que tan solo solicitará que le permitan despojarse de la ropa —preferiría no mancharla más, pues es su único traje—y unos pocos minutos para llenarse la cabeza con los pocos recuerdos agradables que sea capaz de invocar. Se imagina cuchilladas sin dolor, el puñal perforando dulcemente la carne, la piel desgarrada, la sangre que brota aun más caliente que el calor que lo rodea y lo asfixia, la panza que cede a las embestidas del arma y rinde su contenido sobre la tierra polvorienta. Y se sonríe porque piensa: “la muerte imaginada es una muerte sin daño ni ruido, una despedida con un beso”. Da algunos pasos más y pierde al fin su dignidad de ser bípedo. A gatas consigue arrastrarse hasta el tronco de un árbol tronchado, el único objeto que rompe la monotonía monocroma de la planicie, y allí se apoya a duras penas y comienza a desnudarse. Se quita primero la americana y la dobla con un mimo maternal. Después la camisa, y así sucesivamente.

 

En cualquier caso, creo que el respeto que debemos a la calamidad de una víctima ha de ser tanto mayor cuanto mayor es la injusticia que ha tenido que padecer. Y esto también vale para usted. Pues también usted pertenece a los ultrajados. Por esta razón, antes de seguir leyendo, debe saber que también su desgracia, al menos lo inmerecido de la misma, me inspira respeto.

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