La construcción de un discurso creativo

«¿Y hacia dónde vais?» [Relato de José Iglesias Blandón]

uno de estos días - blog

Celebrando la buena noticia de que uno de los nuestros sigue su trayectoria literaria estrenando novela (de inminente publicación: Cenzontle, 2016, Samarcanda), le damos públicamente la enhorabuena y os dejamos íntegro uno de los relatos que componen el volumen Uno de estos días, publicado en nuestra colección de_Sastre allá por 2014, en edición digital.

«¿Y hacia dónde vais?» obtuvo el III Concurso de Cuentos Alberto Fernández Ballesteros.

El relato

Harold abrió la puerta y le tendió la bolsa ecológica con serigrafía de Walmart. Margot, sosteniéndola contra el pecho, rebuscó entre las galletas saladas, las cortezas de trigo y los bastoncillos de azúcar.
—Olvidaste las patatas fritas.
—No quedaban —dijo Harold.
Margot hizo una mueca con los labios y le siguió hasta la cocina.
—Arréglate pronto, tengo la cena casi lista —dijo. Depositó la bolsa sobre el hornillo—. Annie me confirmó que nos esperan a eso de las ocho.
Harold dejó correr el grifo y llenó un vaso hasta la mitad. Contempló el canario varios segundos, pendido de una jaula que se balanceaba sobre su soporte de pie, y le rellenó el bebedero. Luego sorbió el agua sobrante del vaso y dijo:
—¿Te apetece ir?
—Por qué no —dijo Margot—, puede que nos venga bien.
—Sí, tal vez —dijo Harold mientras borraba con los dedos las huellas de hollín incrustadas alrededor del vidrio—. Nos vendrá bien.
Margot asintió levemente.
—Siempre es provechoso conocer a personas nuevas —dijo. Hacía tirabuzones con los hilos que sobresalían por la manga de su jersey violeta.
—Bueno, nunca está de más —dijo Harold. Se vertió unas gotas de Dish Drops en las manos y friccionó con fuerza entre las uñas, sobre todo por las lúnulas.
Margot se acercó al fregadero y apartó la taza limpia de su último café.
—Es una lástima que no tengamos más tiempo para conocerlos mejor —dijo Margot.
—Una lástima —dijo Harold—. A primera vista parecen buena gente, con su juventud, proyectos, las ganas de vivir y todo eso.
Margot se inclinó para abrir el tercer cajón de la encimera.
—Deberíamos tomar sus móviles —dijo. Rebuscaba entre los manteles doblados cuando algunas gotas de agua le salpicaron la nuca—. O quizá mejor el fijo.
—Sensacional idea —dijo Harold. Cerró el grifo y se comprobó las manos. Tenía agrietados los nudillos.
—Ten. —Margot le pasó un trapo y dijo—: Al menos podrías haber saludado, ¿no crees?
—¿A qué te refieres? —dijo Harold secándose.
—Hace un momento, cuando llegaste, podrías haberme dicho «hola».
Harold arrojó el trapo sobre una banqueta, cogió su paquete de Pall Mall y se dirigió al salón. En el camino, cruzaron las miradas.
—Perdona —dijo Harold.
—No tienes que disculparte —dijo Margot.
—Como quieras.

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Harold alineó el cubierto dentro del plato a medio terminar. Dio un sorbo profundo a su lata de cerveza. Después, reposando los antebrazos sobre la mesa, se hurgó las encías con el dedo meñique.
—Voy a por un palillo —dijo levantándose.
A media luz, la televisión destellaba en los ojos de Margot. Pasaban imágenes del último partido de los Yankees contra los Phillies.
—Este mediodía me llamó Coleman —dijo Harold desde la cocina—. Comienzo allí en Denver el próximo lunes.
—Conozco Denver —dijo Margot—. Estuve un verano con mi padre recorriendo conciertos de jazz al aire libre.
—Les ha pasado muy buenas referencias sobre mí —dijo Harold. Dejó de buscar en la alacena—. Ha sido todo muy rápido. Requerían operarios con experiencia urgentemente. Vuelo mañana. —Movía la lengua entre los labios—. Espero estar a la altura.
Margot se incorporó y apagó la televisión justo cuando el speaker coreaba el último out de Rivera y la consecución del vigésimo séptimo campeonato de la Serie Mundial para los de Nueva York. Apuró la cerveza de Harold, apiló los platos y fue hacia la cocina.
—Lo harás bien, por supuesto —dijo Margot poniéndole una mano en la espalda—. Pásame la bayeta. Iré recogiendo. Se nos hace tarde.
—Te echo una mano —dijo Harold.
—No es necesario —dijo Margot.
Minutos después apagaron las luces y salieron a la calle por la cocina. Una corriente de aire los frenó al cruzar el porche. Margot se cubrió la boca con su fular. Harold se subió el cuello del abrigo y, en la puerta de los Gardner, dos números más abajo, arrojó el cigarrillo al césped, muy cerca del gnomo con carretilla, y le pasó la suela por encima.

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Se oyó un crepitar de pasos al otro lado, y el estrépito de un vidrio cuando se precipita contra el suelo. Harold miró a Margot y ella se colocó el pelo, suelto, sobre un hombro. Al cabo de unos instantes sonó la cerradura. Abrió Annie, quien, abandonando el cogedor en la pared, los invitó a pasar con dos palmadas. Harold echó un vistazo a las manchas del suelo; los zapatos se le quedaban adheridos al piso.

Margot dejó la bolsa en el taquillón y colgó su chaqueta sobre el perchero de la entrada. Tras comentarle a Annie lo bien que habían decorado todo en tan poco tiempo, lo estupendas que le sentaban esas medias color celeste y la calma que transmitía aquel bambú del recibidor, se volvió de nuevo hacia la bolsa y dijo:
—No quedaban patatas fritas.
—Sin problema —dijo Frank apareciendo con dos copas—. Acordamos vino, ¿verdad?
Margot asintió. Harold también, y se desprendió del abrigo antes de agarrar su bebida.
—Trae, te lo cuelgo —dijo Annie. Luego atravesó la puerta batiente de la cocina y se perdió entre la oscuridad.
—Que no sea por falta de perchas. La casa está llena de ellas, ¿no es increíble? —dijo Frank—. La gente normal tiene cerámicas, vasijas con flores de plástico y esas tulipas portentosas, pero nosotros tenemos perchas. Me di cuenta ayer, al colocar la última junto a la ducha.
Harold sonrió. De pie junto a Frank, con ambas manos en los bolsillos traseros de su pantalón, observó las fotos enmarcadas por la pared del fondo. En una, los Gardner batían las olas de un grao pedregoso. En otra, se hacían carantoñas sobre un altozano, tras el cercado donde ponía PROHIBIDO CAZAR. Próxima al televisor, la más amplia de todas: un primer plano escudriñando algo arriba, a un lado, fuera de enfoque; ella con una cantimplora al cuello, él con un sombrero cowboy.
—Es algo muy práctico —dijo Margot. Dio un trago a su copa de vino.
—Acompañadme. —Frank dio dos toques en la puerta de la cocina y dijo—: Enseguida volvemos, nena.
Subieron las escaleras hasta el primer piso y se asomaron al dormitorio. La cama estaba deshecha. Varios cojines se apilaban en un butacón. Había un espejo más ancho que alto. Pasaron por el baño. Los jirones de dos toallas extendidas sobre un calefactor goteaban. Frank se detuvo en el pasillo para mostrarles el solado. Habló de la correspondencia entre calidad y precio, de cómo el revestimiento resistía la humedad, de su antigua fábrica en Fort Smith, donde únicamente trabajaban ese material. Harold, mientras, daba golpecitos en los tabiques con sus nudillos.
—Es magnífico —dijo Margot. Miró a Harold—. ¿Verdad?
—Por supuesto.
—Sois muy amables —dijo Frank con una mano sobre el hombro de Margot, muy cerca del cuello.
Harold la observó. Ella, apoyada al barandal de la escalera, bebía otro trago de vino.

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—También he preparado palomitas —dijo Annie con el bol aún entre las manos. Tomó asiento en el sofá, junto a Harold y Margot. Frank estaba enfrente, más alejado de la mesa, sentado en un taburete.
—Me chiflan —dijo Margot apartándose un puñado sobre la falda.
—A mí también, desde pequeña —dijo Annie dejando caer los párpados—. Y tú lo sabes.
Frank asintió, dijo:
—Su abuelo paterno tenía una granja con unos veinte acres de terreno, más de la mitad destinados a la plantación de maíz. —Mordisqueaba un bastoncillo y sorbía el azúcar en las comisuras de sus labios—. ¿Pine Bluff? Dios, algún día me lo tatuaré en el brazo para no olvidarlo.
Harold sonrió. Examinó los mocasines de Frank: llevaba un alza en la suela izquierda. Harold volvió a sonreír.
—No, cariño, justo a las afueras, en White Hall —dijo Annie. Se derrumbó contra el respaldo del sofá—. Recuerdo que, incluso con guantes, me hacía polvo los dedos al desgranar los marlos.
Margot se sacudió el frontal de la falda. A continuación miró su copa, casi vacía, muy cerca del bol de galletas saladas.
—Te traigo otra —dijo Frank.
—¿Harías eso por mí? —dijo Margot.
—¡Marchando otra ronda más! —Frank salió del comedor para regresar con dos botellas de vino diferentes y una fotografía color sepia que entregó a Harold. —Fíjate bien. A ver si adivinas cuál de estas cuatro es la mazorca de maíz. —Annie le arrojó una corteza a Frank, quien la capturó al vuelo y se la comió.
—Apenas tenía cinco años —dijo Annie suspirando.
Margot se aupó sobre el hombro de Harold y dijo:
—Es muy curioso. —Miró a Annie—. Siempre me he preguntado por qué en todas las fotografías de granjas sale alguna persona con gorrito de paja y una ramita en la boca.
Annie se mordió el labio inferior.
Margot tomó la fotografía con la punta de los dedos y la examinó detenidamente.
—Justo ahí —le dijo a Harold. Luego la depositó en la mesa—. Observa cómo el conjunto de espigas ondea al fondo. Parecen crines de alguna caballada.
—Sin duda —dijo Harold.
Margot cogió una galleta salada. Alcanzó una botella de vino, la alzó.
—Por ambos. Salud.
—Con razón Arkansas es el principal productor de maíz de los Estados Unidos —dijo Frank.
—De arroz —dijo Annie.
—¿Qué? —dijo Frank.
—Es el principal productor de arroz —dijo Annie y le hizo un guiño—. Esto también tendrás que tatuártelo algún día.
—Al paso que vas, te quedas sin espacio en el brazo —dijo Margot.
Frank rió. Harold cogió un bastoncillo de azúcar y, al curvarse, contempló nuevamente aquellos zapatos: el alza, despegada, tamborileaba con cada sacudida del talón. Harold rió también.
Annie se levantó, puso la copa sobre la mesa, se colocó detrás de Frank y dijo:
—Tatuaje con témperas es lo que te vas a hacer —Le zarandeó—. Pero si este muchachote ve una aguja y cae redondo. —Le besó la nuca.
—Me entra dolor de estómago al pensarlo.
—Pues el arroz es ideal como demulcente —dijo Margot.
—¿Qué es eso? —dijo Frank. Los brazos de Annie le rodeaban ahora el pecho.
—Para inflamación de vientre, intestino irritable… —dijo Margot. Se le cayó una galleta salada en el interior de la copa.
—Anotaré el consejo, doctora —dijo Frank. Miró a Harold—. ¿Quién necesita sanitarios con una mujer así, eh?
—Ni que lo digas —dijo Harold.
—¡Venga, a comer arroz todo el mundo! —dijo Annie. Se sentó en las rodillas de Frank—. El fin de semana estáis invitados a almorzar en casa.
—¡Sí, perfecto! —dijo Frank—. Annie hace una estupenda ensalada de arroz con bagre. —Gruñó y le lamió el brazo.
—No seas cerdo, mi vida. Compórtate —dijo Annie sonriendo. Se levanto y volvió a sentarse junto a Harold y Margot—. ¿Qué decís, muchachos?
—Sois muy amables, realmente amables, pero dejamos la ciudad —dijo Harold.
Margot sacó la galleta salada del fondo de la copa, miró a Harold y dijo:
—Nos mudamos. —Cruzó las piernas, se alisó los frunces de las mangas.
Tras unos segundos de silencio, Frank dijo:
—¿Motivos laborales? —Se encorvó, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—Sí y no. Un poco de todo —dijo Harold. Miró a Margot.
—Cuando llevas demasiado en un mismo lugar corres el riesgo de atrofiarte —dijo Margot recogiéndose el pelo.
Annie estiró sus piernas bajo la mesa. Al separarlas, golpeó una de las patas.
—Es una pena que no contemos con más tiempo —dijo.
—Eso mismo comentábamos antes —dijo Margot dando dos toques en la rodilla a Harold, quien dijo:
—Pocas horas antes.
Annie se levantó:
—Nosotros también hablábamos de vosotros esta mañana. —Señaló a Frank, después a sí misma y de nuevo a Frank. Deambulaba por el salón—. Llegamos a la ciudad, hace casi una semana, y todo nos pareció descomunal…
—Por momentos desproporcionado —dijo Frank.
—… Con sus boroughs, y esas edificaciones que apenas permiten ver más allá de cincuenta metros…
—Más allá de muchas narices —dijo Frank.
—… Todo parece que encierra siempre algo más detrás.
—Pídele cambio a alguien y creerá que intentas comprarle el alma —dijo Frank.
—Nos ilusionaba empezar a conocer personas como vosotros.
—Sí, como vosotros, exactamente así —dijo Frank. Con el brazo extendido, sus dedos trazaban líneas sobre el cristal de la mesa—. ¿Y hacia dónde vais?
Harold buscó a Margot. Ella ladeó algo la cabeza para rascarse el mentón. Él dijo:
—Hacia el oeste.
—¡No! —dijo Frank. Cerró los ojos. Permaneció en silencio. Estornudó y tragó saliva. Continuó—: ¿Has oído, nena?
—¡El oeste! ¡Qué delicia!
Frank se llevó las manos al cogote y echó la cabeza hacia atrás. La luz halógena del techo le provocaba brillo en la coronilla.
—Una auténtica delicia —dijo. Les indicó uno de los marcos de la pared, tras ellos—. Nuestro primer viaje juntos, a lo largo y ancho de toda la costa occidental norteamericana. —Se pasó una mano por las sienes—. ¿Puedes traer la caja verde, por favor?
Annie asintió.

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El pulsador metálico de la cisterna se atascó. Harold abrió el grifo del lavabo, dejó la alianza sobre el mármol y se enjabonó los dedos. Sopló en el espejo, analizó su reflejo empañado. Sopló otra vez. Tomó papel higiénico, se secó y frotó el cristal, un surco situado justo a la altura de sus ojos. Luego cogió la alianza, raspó la inscripción de su cara interior y, tras envolverla en el papel usado, la echó a la papelera. De camino hacia la puerta vio los dos albornoces, fucsia y negro, colgados de una percha junto a la ducha. Vio también el cesto de ropa sucia. Lo destapó y extrajo un suéter blanco —comprobó la etiqueta— de la talla S. Se lo acercó a la boca y lo olfateó. Volvió a introducirlo dentro del cesto. Después salió al pasillo y descendió por las escaleras.
Margot estaba sentada entre Annie y Frank, quien se había incorporado al sofá dejando abierta la caja verde sobre el taburete. Margot hablaba de la velocidad del vehículo, del nivel de alcohol en sangre, de cómo aquel calor corporal iba desapareciendo entre sus brazos. Al acercarse Harold, enmudeció.
—No sabíamos nada, hombre, lo sentimos mucho —dijo Frank. Tenía en las rodillas una reproducción a tamaño folio de La moneda del tributo, con la entrada al Legion of Honor de San Francisco grapada en una esquina—. Debió ser tremendo.
—Está bien —dijo Harold. Miró a Margot—. Veo que ya os ha puesto al corriente de aquello.
Annie gimoteó.
—Disculpad, estoy algo sensible —dijo. Empuñaba un banderín con el escudo del estado de Oregón—. Si a mi hijo también le ocurriera una cosa como esa…
Frank carraspeó.
—Aún no os lo comentamos —dijo. Se arqueó para acariciar los labios de Annie—. Está embarazada.
—¡¿No es maravilloso?! —dijo Margot—. Por ambos de nuevo. Salud. —Y le posó una mano sobre el vientre.
—Vaya, tenéis mi enhorabuena —dijo Harold. Advirtió una miniatura del Space Needly de Seattle al borde de la mesa.
Frank fue a sentarse en el reposabrazos, junto a Annie.
—¿De cuánto tiempo? —dijo Margot. Su mano describía círculos sobre el vientre de Annie.
—Ocho semanas —dijo Frank.
—Nueve y media, tesoro —dijo Annie.
—Frank, querido —dijo Margot—, conozco a un tipo en Harlem que hace tatuajes adhesivos, te pasaré la dirección.
Los tres rieron a carcajadas. Harold sonrió.
Frank se incorporó de un brinco y agarró los boles vacíos.
—¡Más bebida! —dijo—. Margot, tengo güisqui. ¿Y tú, Harold? Hoy decidís vosotros.
—Te lo agradezco, pero creo que ya es hora de marcharnos —dijo Harold.
—Imposible —dijo Annie.
Harold miró a Margot.
—Tiene razón —dijo ella—, debemos madrugar.
—¿Una última? —dijo Frank. Puso la caja verde en el suelo, amontonó los boles sobre el taburete y estrechó la mano que le tendía Harold—. En fin, si te empeñas.
—Eres muy amable —dijo Margot. Miró a Annie—. Ambos lo sois.
Las dos, ya de pie, se abrazaron. Mientras Harold iba al perchero, Frank, Margot y Annie anotaron sus teléfonos móviles en trozos de servilleta.
—Llamad, por favor —dijo Annie a Margot.
—De acuerdo —dijo Margot—. Y cuídale. —Le señaló el vientre.
Annie la tomó por las muñecas, la besó varias veces en el mismo carrillo.
Harold se puso el abrigo. Frank le pasó su chaqueta a Margot y ella le guiñó un ojo.
—Estaremos por aquí —dijo Frank acompañándolos hasta la puerta, palmeando el hombro de Harold.
Margot y Frank se abrazaron. Annie le estrechó la mano a Harold y luego se agachó para enderezar el gnomo, volcado junto a una rueda suelta de la carretilla.
—Daos prisa y no cojáis frío —dijo Annie.
Margot les dedicó un silbido.
—Tened buen viaje —dijo Frank.
—Muchas gracias —dijo Harold.
—Y disfrutad esta nueva experiencia —dijo Annie.
—Disfrutaremos —dijo Harold.
—Buena suerte —dijo Frank.
—Buena suerte a vosotros también —dijo Margot y se cubrió la boca con el fular.
El aire se colaba entre la cornisa del porche. Caminaron sobre el sendero de piedras, iluminado a ráfagas por los faros de algunos turismos. Al llegar, Harold abrió la puerta de la cocina y dejó pasar a Margot, quien encendió la luz y fue desvistiéndose hacia el interior de la casa. Harold echó la cerradura y, tras dejar el abrigo sobre la encimera, se sentó junto a la jaula del canario para fumar un cigarrillo.

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—No mencioné algo antes —dijo Margot. Estaba recostada contra la cabecera, desenroscando el cierre de sus pendientes.
Harold se metió en la cama.
—¿De qué se trata? —dijo.
—He estado pensando en Londres —dijo Margot—. Supongo que me vendrá bien pasar ese tiempo allí con mi hermana y las pequeñas, alejada un poco de todo.
Harold se giró hacia su lado. La observó cerrar el joyero con grabados de Prometeo y Pandora y depositarlo en la mesilla.
—Las ocupaciones, los compromisos… —dijo Harold—. Ya sabes, ese tipo de cosas.
—Todo puede esperar.
Harold asintió. Se colocó boca arriba. A la lámpara del techo le faltaban algunas lágrimas.
—¿Cuándo? —dijo Harold.
—Quizá en unos días —dijo Margot.
—Vale —dijo Harold.
—Vale —dijo Margot.
Harold se incorporó.
—Margot, deseo lo mejor para ti. Que seas feliz. Que ambos volvamos a serlo. Regenerarnos. De eso se trata, ¿no?
—Ya.
Margot se puso las zapatillas, cruzó el pasillo a tientas, entró en el cuarto de baño, cerró la puerta. Harold, erguido, con los codos sobre la almohada, no apartó la vista del fondo. Se oyó el cierre del pestillo, una tos y después agua correr. Pasados varios minutos, Margot salió y regresó al dormitorio. Arrojó su bata al cobertor y se metió en la cama.
Harold la miró. Tenía una sombra oscura bajo el párpado inferior izquierdo. Le pasó un dedo por el lagrimal.
—Sí, parecen buena gente —dijo Margot pestañeando.
—¿Los Gardner? —dijo Harold. Se frotó la yema del pulgar contra el pijama—. Es cierto que lo parecen. —Apagó la lamparilla. Un extracto de noche se filtraba entre los huecos de la persiana.
Se tumbaron.
—Y tienen una casa adorable —dijo Margot.
—Me lo has quitado de la boca —dijo Harold. Estiró sus piernas bajo la sábana y rozó el pie de ella—. Perdona.
—No te preocupes —dijo Margot y se tumbó boca abajo.
Harold se volvió hacia la ventana, entornó los ojos. El viento, al otro lado, se confundía con el rumor de las respiraciones.
—Por cierto —dijo—, olvidé la alianza en el baño de los Gardner.
—Mañana, antes del vuelo, puedes pasarte a recogerla —dijo Margot.
—Claro —dijo Harold—. Mañana.

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uno de estos días portada digital
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