La construcción de un discurso creativo

La poesía es una búsqueda: presentación de ‘De lo visible, lo invisible’

presentación de lo visible lo invisible

Tras apenas dos meses de su puesta de largo, Valentín Navarro Viguera nos deja publicar las palabras con las que arrancó la presentación y lectura de y su De lo visible, lo invisible, título con la que se abre una nueva biblioteca auspiciada por el Premio Internacional de Poesía La Isla de Aklan en homenaje a Rafael Suárez Plácido.

En estás líneas encontraréis un viaje por la obra, el pensamiento y la poética del autor. Si ya habéis leído el libro, os ayudará a apreciarlo aún más. Si no lo habéis hecho aún, no es mala introducción 😉

Nos gustan los autores que reflexionan sobre sus actos, sobre su trabajo y se atreven a exponerlo y exponerse. No hay mayor desnudez que la de la mente abierta y el cerebro diseccionado.

Texto íntegro de la presentación del día 16 de Diciembre de 2016 en La Carbonería de Sevilla

Se dice frecuentemente que el poema se presenta ante el lector in situ y que es este quien tiene que leer el texto sin más herramientas que la palabra plasmada allí. Entonces la poesía se convierte en el encuentro solitario de un texto y un intérprete. Sin embargo, el lector no está solo ante un poema; el lector de poesía —hombre a prueba de desánimos, decía Lázaro Carreter— arrastra consigo y actualiza la lectura de otros textos del mismo poeta, de sus contemporáneos y, lo que resulta decisivo, de una tradición poética y cultural que le ayudarán a iluminar la zonas oscuras de los poemas. Además, el poema puede contar con la colaboración de la crítica literaria. ¿Resulta más enriquecedor leer el poema de Machado ‘A José María Palacio’ tras haber leído el estudio de Ricardo Senabre Amor y muerte en Antonio Machado? Sin lugar a dudas. Precisamente por ello es por lo que voy a apuntar algunas de las claves de mi poesía.

La pintura de Miguel Galano, hablemos del primer poema que es una écfrasis de su ‘Antes de anochecer’, va a marcar la tonalidad del resto del libro, al mismo tiempo que va a introducir la temática de algunas de las páginas que le siguen: la metapoesía, es  decir, la poesía que tiene como tema la propia poesía. De hecho el último verso de ese primer poema fue en una primera redacción “Cracovia existe en el rumor del lienzo”, porque en el arte, —relacionando la pintura y la poesía, ya lo dijeron Simónides, Plutarco y Horacio— se crean microcosmos afines al mundo real que, sin dejar de pertenecer a la realidad, lo trascienden: son los universos imaginarios de la memoria, de los símbolos y de la atención a las formas, la relación antitética entre al realidad y el deseo. La pintura de Galano es oscura, tenebrista, como el lugar metafórico por el que deambula el personaje de estos versos, y logra a través del detalle captar la totalidad de un mundo marcado por la oscuridad. Entre tanto signo patético —por exceso o ausencia de luz—, siempre hay un brote de esperanza. Algo de la mística de sus pinturas me hubiese gustado que apareciera en la páginas de De lo visible, lo invisible.

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Los trabajos del pintor asturiano los conocí a través de un estudio de Andrés Sánchez Robayna, Deseo, imagen, lugar de la palabra. Y es ese ensayo el origen del título del libro que nos ha reunido hoy: en lo cotidiano, en aquello que nos rodea se da por hecho que es así, pero la costumbre ha ocultado lo excepcional, lo único de lo perceptible, es decir, la nada. Tomar conciencia de que esto o esto otro —lo visible— existe porque existe la nada —lo invisible—, es una de las ideas decisivas que vertebran la estructura interna del libro. La organización tripartita que organiza los poemas se debe, a su vez, al juego que tantos trípticos —pienso en El jardín de las delicias— expresan como una unidad de mundos, los visibles y los invisibles: el cielo, la tierra, el infierno; respectivamente en el poemario: la palabra, el olvido y el silencio.

De Sánchez Robayna le oí decir una vez a Jorge Urrutia que era actualmente el mejor poeta español, quien desarrolla una de las corrientes poéticas más fructíferas: la poética del lenguaje. Del primero me fascinó El libro, tras la duna; del segundo, Ocupación de la ciudad prohibida. Este último lo terminé de leer en una cafetería de la calle San Jacinto mientras esperaba para hacerme una prueba médica; entonces escribí un poema —el que figura como el segundo poema de mi libro—, que le envié sobre la marcha al propio Jorge Urrutia, contándole que surgía de la impresión que me causó su libro:

EL VIAJE

Y yo, ¿quién soy? No más que un vasallo del tiempo
doblegado a los pies de la rutina.
Un beso que confirma o un libro que conversa.
Es el misterio una vergüenza, el caos
entre dos caminantes sajados por la luz.
Las palabras, primera capa de un poema
que tiene en el sentido su secreto
como un cuerpo anudado a una sombra.

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Sin duda se trata de una poesía que aspira a la profundidad de pensamiento por la que se caracteriza la obra de los citados Sánchez Robayna y Jorge Urrutia. Y fíjense bien que he dicho “aspira”, pues es la mía una palabra más pegada a la experiencia, a los sentimientos. Es poesía de la emoción más que del intelecto.

La escritura poética es la mejor forma que conozco de presentarse desnudo ante uno mismo. Es palabra que elimina todo lo superficial para que la autenticidad sea el modo de ser y estar en el mundo. Así se evita la caída, digamos con los existencialistas, el uno, impersonal y atado por los nudos invisibles de la rutina y de la norma, de la monotonía que ejerce la presión social. La poesía es la unión entre comunicación y conocimiento, revelación y desvelamiento de lo oculto íntimo. Para los existencialistas, la existencia precede a la esencia; para mí, escribir es una parte esencial de la existencia.

Antes de anochecer, con Miguel Galano

De lo visible, lo invisible es el viaje iniciático e interior hacia uno mismo; de ahí el motivo del homo viator en el poema pórtico del libro. Todo viaje implica una búsqueda y tras lo que anda el sujeto poético es el encuentro con la verdad, consigo mismo. La simbología mística también está presente desde el principio del libro: las luces y sombras de la casa, la memoria y el olvido, el hogar o mandorla como refugio seguro, y la palabra —o la pintura, en el caso de “Antes de anochecer” de Miguel Galano, — como revelación y expresión de la realidad. Solo la palabra creadora de mundo logra vencer las coordenadas espacio-temporales y, por añadidura, la muerte. También lo afirmaban los existencialistas para quien la memoria representa el último reducto donde tiene cabida la existencia: tras la muerte se sigue viviendo en la conciencia de los vivos. El olvido, por tanto, es la nada absoluta. Por eso la palabra poética es salvadora en el naufragio de la existencia, porque —como decía Juan Ramón Jiménezy yo me iré y se quedarán los pájaros / cantando. Heidegger decía asimismo que hablar es “articular significativamente la comprensibilidad del ser en el mundo”. Yo digo que escribir es, por parte de uno, el humilde intento de dar sentido a las incógnitas que el pensamiento plantea. Pero la poesía es poesía porque su forma rompe con lo comúnmente aceptado; un nuevo mundo solo es posible si se crea un nuevo lenguaje, un nuevo discurso que lo exprese. El primer poema trata de expresar todo esto.

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La voz que encuentra el lector en estas páginas es, por tanto, fiel a la filosofía existencialista. Incluso algunas imágenes tienen su origen en la lectura del pensamiento existencial, como por ejemplo aquellos momentos en que el yo poético se encuentra en situaciones límites y, en consecuencia, ante el vértigo de existir. Metáforas circenses como las del payaso, el trapecista o los seres disfrazados juegan con este concepto filosófico. De ahí la angustia inherente al ser[1]. El hombre no se angustia por nada; solo por el hecho de existir se vive angustiado, o dicho de otro modo y siguiendo a Kierkegaard, la angustia es la libertad de elegir ante las posibilidades, es la libertad misma. Dice el filósofo danés que una vida angustiada es una vida auténtica. Pero a pesar de que la filosofía existencial tiene un peso decisivo en mi escritura no puede hablarse de poesía filosófica, pues en ningún caso se trata de una adaptación poética de una determinada ideología. Tanto es así que desde el comienzo, ya en mis primeros poemas —mucho antes de que leyera ni una sola página de los existencialistas— se intuía un tono que recogía las claves de dicho pensamiento. Más que una filosofía es una actitud y una ética.

¿Cuál es el existencialismo que configura el pensamiento poético del libro? Esencialmente es el del hombre heidegeriano en tanto que ser-para-la-muerte: la vida cobra sentido, y en ello reside su valor, como existencia caduca, por estar abocada a la finitud; es más, la muerte es constitutiva de la esencia del ser humano. El problema que encierra tal pensamiento es que el hombre queda condenado al naufragio de la existencia, sin trascendencia alguna posible. Mi reino sí es de este mundo, en el que me encuentro arrojado y puesto ahí, sin más, con el firme propósito de construir, como protagonista de mi propia historia, la obra de mi vida. No hay excusas, nada ni nadie nos dirige desde una atalaya metafísica; decide y actúa como un tirano del destino, pues es el vacío el único interlocutor de nuestro destino.

PIERROT

Soy el bufón de coloretes cómicos
que se desequilibra en sus zapatos,
el de la flor que escupe agua y llora
cuando le dan de tortas los payasos
que supieron reírse de sí mismos.
Pude ser domador o trapecista
pero me daba miedo hasta mi sombra
y las alturas vértigo de ser
el centro de atención de las miradas.
Una luz en el borde de la carpa
me saca a escena y cifra la medida
de mi función: mirar la oscuridad
sin saber quién me mira mientras alzo
los ojos a los focos que iluminan
lágrimas negras sobre un fondo blanco.

[1] Kierkegaard: angustia ante la libertad; Heidegger la angustia como la captación de la nada; Sartre, angustia es la conciencia de ser uno su propio porvenir en el modo de no serlo. Angustia ante el porvenir y angustia ante el pasado.

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La muerte como horizonte de expectativa, la plena conciencia de la muerte, hace que cada momento sea un paso más hacia la verdad última. Los momentos felices, los seres queridos, las metas alcanzadas, los placeres más prosaicos son realidades efímeras que, por ser precisamente flor de un día, son expresados con la voz quebrada de aquel que es conocedor de su ser relativamente a la muerte. José Hierro llegaba a la alegría por el dolor. Un paso más hace que la alegría, por perecedera, sea también dolor. En esas estamos. Somos seres temporalizados. El tiempo marca la dimensión de nuestra existencia, pues supone, como decían los conocidos versos de Gil de Biedma, el único argumento de la obra (“No volveré a ser joven”).

Por eso mismo, mi poesía surge del lado del dolor y del sufrimiento, llegando a decirle al dolor en el poema “Mis flores, mis velas”,

Dolor, dame tu angustia para sentirme vivo,
para esperar paciente mis flores y mis velas.

Confío en el poder paliativo de la palabra, especialmente en la escritura. Decía Kierkegaard que la autenticidad solo es posible si damos un salto de un estadio a otro. En mi caso, hubo un salto cualitativo que marcó el sino de mi escritura, por haber determinado previamente el rumbo de mi vida: un periodo de angustia en el que me planteo el sinsentido de la vida: una crisis que me hace más fuerte. Algunos de los poemas del libro resuelven esos conflictos: la muerte de mi padre, la enfermedad de mi madre y el hallazgo de un amor auténtico. Tres conflictos —como las tres heridas de Miguel Hernández— resueltos dialécticamente a través de la palabra, que a su vez se convierte en la cuarta pata de la mesa. Uno de esos conflictos merece una aclaración: después de seis años del diagnóstico de alzhéimer, otro psiquiatra decide levantar la mirada de los papeles que tenía que cumplimentar cuando la atendía en consulta y decide mirarla cara a cara y escucharla. De repente mi madre no tiene alzhéimer y le quita el tratamiento, devolviéndonosla a la vida. Del proceso de asimilación de su enfermedad nacen los poemas de la segunda parte del libro:

MAÑANAS DE DOMINGO

No lo quería hacer pero el domingo
tocado de campanas iba a misa
en una hora en que al buen señor rezaba
y pedía limosnas y a Dios gracias
y por esto y por lo otro y por dejarme
ciertas noches de insomnio en la retina
y sin padre y con frío junto al cuerpo
que se ama por los siglos de los siglos,
aunque asista al banquete donde tomo,
como y bebo la paz de mis hermanos.
Pero yo estoy tocado de bulimia
como tú de sordera a semejanza
e imagen de tus hijos que no escuchan
tu famosa salmodia de ir en paz.
Amén, señor, y gracias por dejarme
a mi madre en el limbo del olvido
y entre la espesa niebla de un recuerdo
que quizás nunca pueda recordar.
Amén, señor. Recuerda que también
yo padezco de alzhéimer y como ella
jamás haré memoria de tu nombre
entre las azucenas olvidado.

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Por otro lado, pienso que si la poesía es inspiración y trabajo es porque la intertextualidad, la relación que permite tejer unos textos con otros, así como la experiencia personal van configurando la voz propia que tanto ansiamos los poetas. Cuando eso sucede se va configurando al mismo tiempo el ritmo poético, la musicalidad interna, hermana gemela del ritmo vital. Decía Leopoldo de Luis que sin ritmo no hay poesía. Tanto es así en mi caso que cada poema ha visto la luz a partir de un primer verso que iba a marcar el ritmo del resto de la composición. Cuando una palabra forma parte de un poema se activan sonidos, músicas y sentimientos que permanecían aletargados en su uso cotidiano. Fijémonos por ejemplo en el ritmo del poema:

CANCIÓN PARA DORMIR A UN MUERTO

Lloro para que no se muera el mar,
mi padre el mar, el mar.
León Felipe

Como un faro de luto eran tus ojos,
negros, y se quedaron blancos, secos,
como cuencas vacías de cráneos
que brillan con la luna llena a oscuras,
al son de las mareas de las noches
sin sueños. Y en los huesos te quedaste
con tus dos lunas nuevas y en la muerte
callando, callandito, como callan
los muertos si no tienen de qué hablar,
como encallan los cuerpos en la orilla
del mar, solos, solitos, sin esposa
ni nietos que abrazar y con un hijo
lleno de lágrimas y sal, solo, huérfano,
huerfanito, y con sangre de salitre
como las casas de los viejos lobos
que se mueren mirando hacia la mar.

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La poesía es una búsqueda, la pregunta y no la respuesta. Por eso, cada nuevo poema es un fracaso que te emplaza a seguir indagando en las grandes cuestiones que se ha hecho el hombre de todos los tiempos. Un poema es una emoción rota, el triste gozo de lo ya dicho. Éxtasis y abismo cíclico, a un mismo tiempo, la lucha de lo inefable.

En cuanto a la presencia de los otros, concibo la existencia como la unión de lucha y comunicación con los demás, una soledad compartida entre otras soledades, pues venimos y nos vamos solos de esta tierra que pisamos. Por eso también actuamos en el espectáculo de la vida, donde cada ser tiene, en general, sus papeles aprendidos de memoria. Cuando aparecen otros personajes en el libro, estos aparecen problematizados, en dialéctica lucha de contrarios que encuentra en el amor la salvación. La vida es, según Heidegger, vivida con los otros: Mitsein; necesitamos a los otros como existenciario de nuestro propio ser:

DE CERVANTES

Las puertas esperaban impacientes
que los besos furtivos de los novios
no empaparan de lágrimas sus alas.

La oscuridad tomaba la forma de los cuerpos.
Los cuerpos se mezclaban con la noche.
Y los amantes, ciegos e inocentes,
se sentían eternos como el ruido
de la lluvia cayendo más allá
del mundo iluminado del alféizar.

Los pensamientos bogan por el lugar sin límites
donde no hay norma ni consuelo alguno.
La verdad al desnudo, allí, donde se goza,
la mente en blanco, aquí, donde amor es tu cuerpo
y una sombra de nada nos cobija.

Cuanto dice la vida es, al fondo,
que somos un instante, un relámpago
que deja al descubierto tu mirada
como la luz de una vergüenza, un rostro
contra otro rostro que se apaga. Y muere.

Después del beso, nada.
Después del beso, todo.

Porque el mundo es de nuevo
la música de un coche que se pierde a lo lejos,
un inútil camión de la basura
incapaz de llevarse cuanto sobra,
la voz de los amigos que retan a los dioses
y una campana, atenta
e inmisericorde.

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